El adiós de Zapatero

Rioja2

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El número tres del PSOE , Marcelino Iglesias, dijo que no, que el día 2 no era el momento más adecuado, no era el foro para anunciar si Zapatero seguía o se marchaba de cara a las próximas elecciones generales de 2012. Y el propio presidente del Gobierno insistía en la idea de que ya llegaría el momento de anunciar si cerraba una etapa que comenzó en el año 2000 y que, ahora, ya sabemos que se cerrará en la primavera de 2012 si no hay adelanto electoral. Lo anunció un sábado de Comité Federal y fue escueto, claro y conciso: “No voy a ser candidato en las próximas elecciones generales”.

Recapitulando fue el presidente Zapatero quien sacó el tema de la sucesión en la tradicional copa de Navidad cuando la prensa le preguntó y él respondió que había una decisión tomada, que ya se la había comunicado a su mujer. Sonsoles y alguien más, de extrema confianza para el presidente, sabían cuál sería su futuro político. Nadie más: ni el resto de su familia ni su equipo de Gobierno. Los medios de comunicación se preguntaron a lo largo de estos tres meses quién sería esa persona en la que Zapatero había confiado su sino. Algunos especulaban con su mano derecha, su apagafuegos, su valido: Rubalcaba. Pero esta opción era demasiado fácil para alguien que se postula ahora como el principal candidato a la sucesión junto a la ministra de Defensa, Carme Chacón. Pero, no. No era el vicepresidente y “superministro”. José Bono fue la figura en la que Zapatero confió para plantearle que se marchaba, que si algo había elogiado de Aznar fue ponerse un plazo, un tiempo de mandato para retirarse y dejar paso a otros, que abrieran una etapa política nueva.

Y lo cierto es que el presidente Zapatero ha cerrado la suya. Él mismo considera que ya no puede aportar ese aire fresco que supuso para el partido en 2000 y para la sociedad española en 2004 cuando las urnas le llevaron al poder el 14 de marzo de 2004. Se da la circunstancia de que Zapatero cae en gran parte por la gestión tardía de la crisis, y a la vez sea el jefe del Ejecutivo que revalida su mandato (en 2008) con un récord histórico de votos. Nadie antes obtuvo tanto apoyo para alzarse con los 169 escaños que alcanzó el PSOE en 2008: casi 11.000.000 de españoles depositaron su confianza en él cuando aún la crisis no había mostrado su lado más oscuro y el paro registraba una tasa histórica a la baja. Tres años después de aquella victoria, todo eso es un espejismo. El número de parados supera con creces los 4.000.000 millones, el malestar social es evidente por una respuesta tardía a la crisis económica, por todas las veces que la negó hablando de “brotes verdes” y de “la champions”… metáforas que le han costado muy caras y que a la hora de ponerse frente a frente a sacar al país de la crisis se lo ha llevado por delante. Ya lo dijo el propio Zapatero: “me cueste lo que me cueste”. Esa fue su frase en mayo de 2010 cuando Bruselas le advirtió que el barco español se hundía en medio de la tormenta financiera si no reconducía la ruta marcada. Dicho y hecho. Empezó con los recortes sociales, aquello fue lo más doloroso, porque era, es, ha sido y será después de 2012, gran parte del legado que deja a la sociedad española. Meter la tijera en todas sus apuestas por alcanzar un mayor Estado de Bienestar Social, una sociedad más justa e igualitaria dicen, sus más allegados, que fue su peor bache. Y de ahí a septiembre de 2010 con una huelga general que se quedó en un amago, pero que precedía a una reforma del mercado laboral, que ha supuesto la estocada.

Pero el paso de Zapatero por Moncloa cuenta también en su haber por éxitos y avances en materia social, su gran baza electoral. En clave interna no cabe duda alguna de que ha sabido dirigir la nave socialista y llevarla a uno de sus mayores éxitos: ha sabido hacer creer a los suyos de que volver al poder e ilusionar y creer en el proyecto socialista era posible. Los socialistas conquistaron en este tiempo parcelas de poder hasta ahora vetadas, y que en plena debacle han perdido. Con Zapatero, los socialistas han gobernado por primera vez en Cataluña, desalojaron al PP de Manuel Fraga y de Feijóo de la Xunta de Galicia y se hicieron, de nuevo, con el poder en Baleares. Conservaron otros bastiones y, quizá, su mayor logro, haya sido ver a Patxi López en la Lehendakaritza gracias a un pacto de gobierno estable con el PP, que ha hecho posible y sigue haciendo posible a día de hoy que en el País Vasco las cosas estén cambiando. No en vano, es el primer gobierno no nacionalista que sitúa al PNV en la oposición y que ha demostrado que las cosas se pueden hacer de otra manera.

Si tuviéramos que pensar en una palabra o dos que vayan de la mano con el presidente Zapatero, éstas serían “ZP”, su marca electoral. Él mismo se convirtió en el sello del PSOE. Él personalizó su política en su figura a pesar de que ahora, en época de vacas flacas, este personalismo se haya vuelto contra él. Y la segunda: el talante. Machaconamente lo repitió y lo ha mantenido hasta ahora, casi al final de su mandato. Defendió un “cambio tranquilo”, “otra forma de hacer las cosas” sin el ánimo de crispar. Si había crispación, ésta no debía salir de él ni de sus filas. No siempre se cumplió en la bancada socialista, pero en su persona, sí. Ha mantenido el talante hasta el final.

De puertas para afuera, sobre todo en la oposición del PP, se le llegó a tildar de tontiloco, de suicida, de blando, de “bambi”, de “radical”, de “traidor” y hasta de “terrorista”. Ni se arrugó en este tiempo ni respondió con las mismas palabras. El presidente saliente demostró en estos siete años de mandato que no eran el tonto que muchos. Quienes confían en él lo saben. Igual que tenía claro que ocho años y basta, Zapatero ha sabido medir los tiempos siempre en cada una de sus crisis de gobierno, en el anuncio de grandes medidas, en reformas de gran calado. Quizás el anuncio del 2 de abril sea lo que se ha ido de las manos entre tanta rumorología.

Zapatero se va con un legado importante en temas de igualdad y derechos civiles (especialmente la ley de matrimonios homosexuales y la ley de dependencia), que ha legislado a una velocidad de vértigo. Ahora deja la Moncloa como sus predecesores, con la valoración más baja de sus dos mandatos (es el peor valorado de todos los presidentes de Gobierno) por la puerta de atrás en medio de un enorme descontento social. Y también se va con la convicción de que como presidente antepuso el interés general al suyo propio, que cumplió con muchos de los principios que lo llevaron a La Moncloa hasta que la crisis le hizo romper con esos principios para él sagrados. Que todo esto pasó hace unos meses, cuando reunido con banqueros y con representantes del mundo de inversión le dijeron que o rompía con su legado o España se hundía. Entonces desapareció su convicción y dejó que le gobernaran, que condujeran su mandato.

Entonces seguramente se acordó de aquella cantinela que le coreaban muchos jóvenes que acudieron a la calle Ferraz el 14 de marzo de 2004, un domingo electoral lluvioso con el país conmocionado por los 191 muertos de los atentados del jueves 11 de marzo. Una frase que prometió nunca olvidar todos los días que gobernase: “No nos falles”.

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